Negro brillante – Capítulo 2

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El pajarillo.

– ¿Qué es lo que más odias?
– La mentira. Es tópico lo sé, pero es que no soporto que me mientan porque me lo creo todo y cuando me doy cuenta me quedo fatal; como si me hubieran dado una paliza. También odio el frío. Y el pan mojado.
– ¿Cuál es el personaje histórico que más te interesa?
– Ninguno.
– ¿Y el que menos?
– Marilyn Monroe.
– ¿Por qué viniste?
– No hacía nada allí. Me cansé.
– ¿De qué?
– De la gente. Toda esa gente con tantos propósitos y expectativas, esos grandes planes de llegar a ser…
– ¿Ser qué?
– Todo el mundo era… demasiado joven, demasiado ambicioso, demasiado activo ¿entiendes? no pintas nada en un sitio así cuando no tienes ningún objetivo; tienes que querer ir a alguna parte o te difuminas.
– Así que volviste aquí con el propósito de no tener un propósito concreto.
– En principio sí. Estuve bastante tiempo haciendo nada.
– ¿En qué consiste exactamente «hacer nada»?
– Me levantaba temprano y pasaba horas caminando.
– ¿Por alguna zona en concreto?
– Por el barrio, sí. El kiosko, la carnicería, la frutería, la tienda de recambios de impresora… comercios aburridos… muy agradable.
– ¿Y dime Almudena…?
– Al.
– Al. Dime Al, ¿no te cansabas de «hacer nada»?
– No. Y tampoco lo pensaba. Deambulaba porque al fin podía hacerlo. Bueno. Y porque no quería estar en casa.
– ¿Qué pasaba en tu casa?
– La nevera hacía mucho ruido. Y el puto pájaro de mi vecino de enfrente ¿puedo decir «puto»?
– Claro.
– El puto pájaro cantaba de sol a sol. Era Irritante. Insufrible. Insoportable. Todo lo in- que no le gusta a la gente. La nevera zumbando todo el día y el puto canario piando sus cua-tro-no-tas-ca-da o-cho-se-gun-dos. El ruido de la nevera me destrozaba los nervios y el pájaro… el pájaro también.
– Te has quedado pensativa…
– Sí, no bueno, es que, me acabo de dar cuenta de que… mira: no me gusta hablar mal de los muertos porque sí, como no me gusta hablar bien de los muertos porque estén muertos, no sé si me explico.
– Ahá.
– Pero creo que lo mejor que le pudo pasar al pobre bicho fue que se muriera su dueño.
– Cuéntame más.
– Sus hijos decidieron que su última voluntad habría sido soltarlo. Qué engañados. Pero bien por el pajarillo. Y por mi.
– ¿Crees que tu vecino no habría querido eso?
– Por supuesto que no. La jaula era doble ¿entiendes?
– ¿Odiabas a tu vecino?
– Jaaa. ¿Puedo decir que odiaba a un tío que ha muerto?
– Claro.
– Algo. Supongo que sí. De vez en cuando le chistaba al bicho para que se callara. No funcionaba. El viejo se reía detrás de las cortinas. Me miraba y se reía. Una vez hasta me hizo una foto con una cámara de verdad. Te lo juro. Ese tío sólo quería putearnos. Lo último que habría querido ése viejo es que soltaran al pajarillo. Pero ¿por qué te estaba contando esto?
– ¿Querías transmitir que tu necesidad de salir estuvo en parte condicionada por las molestias inherentes a tu ubicación?
– ¿Eh? Ah. Sí. Murió mi vecino, sus hijos liberaron al pájaro y casualmente, la misma semana, me regalaron una nevera. Se hizo el silencio.
– La paz deseada.
– Sí. Sí.
– ¿Qué pasó entonces?
– Dejé de salir una temporada. Me acostumbré a estar allí, al refugio, a mi cueva. Estuvo bien.
– ¿Pero?
– ¿Tanto se nota?
– Sí.
– Pues que tanta paz y tanto silencio hicieron que… ¿cómo decirlo? se me caía la casa encima. Volví a salir, a deambular, pero las tiendas aburridas ya no me relajaban, al revés, como el ruido, como el silencio, como mi casa… me ponían de los nervios. Todas las calles iguales. Los bares, la gente quedando para tomar el café y hablar del trabajo, de la revisión del coche, del calor, del frío, del bolso nuevo que se habían comprado. Toda esa gente con tan pocos propósitos, con expectativas tan… sin planes de… ¡de nada! Todo el mundo era joven pero viejo a la vez, viejísimos, muertos, sin ambición.
– ¿Pero no te agobiaba la gente ambiciosa?
– ¿No te ha pasado que aborreces una cosa y cuando consigues deshacerte de ella la extrañas? Nos hacemos adictos a lo que no nos viene bien, a tener algo de lo que quejarnos, supongo.
– ¿Tienes alguna adicción?
– A la taurina, la limpieza y los porros. ¿Puedo decir «porros»?
– Claro. Entonces te aburrías.
– Infinitamente. Intenté tomármelo con cierta «filosofía». Pero a parte de asumir que era víctima de mis propias decisiones, sentí que debía…
– ¿Pasar a la acción?
– Exacto.
– Y se articuló el cambio.
– Pasé de no querer hacer nada de nada a querer hacer de todo. Encontré un local. Financiación. Muy rápido. Busqué referencias para la decoración, gente, amigos, colaboradores, personas muy dispuestas a hacer de todo y a obedecer mis órdenes ¿podrías poner mejor «seguir mis sugerencias»? Quién me iba a decir que…
– Que llegaran a darte un premio.
– Es ridículo ¿verdad?
– ¿Cómo?¿Te parece ridículo que la decisión más importante de tu vida…?
– ¿La decisión más importante de mi vida?
– ¿Te consideras por encima de esta distinción?
– No, yo…
– ¿Que la decisión más importante de tu vida te haya hecho conseguir el mayor galardón de…? ¿no valoras la importancia de la Cámara de Comercio? ¿te parecen «poca cosa» nuestros premios?
– Bueno, es que es un bar con música en directo, tampoco es que…
– Estás insultando los valores de nuestra institución.
– ¿Cómo? Mira esto se acaba aquí.
– Tienes suerte. Acabo de afilar esto.
– ¿¡Qué!? ¿Qué vas a hacer con…?
– ¿Con este cuchillo? Pues como bien sabes voy a…
– Se acabó. Esto se acaba aquí. Aquí. Aquí. ¡Ya!

La habitación de Almudena está completamente a oscuras, como si su cama descansara en el fondo de un tanque de petróleo. Espira y reflexiona sobre lo que acaba de soñar. – Ojalá no se me olvide- se dice. Tantea la mesilla de noche en busca de su teléfono, se lo acerca, guiña un poco los ojos por el brillo de la pantalla, marca.

La habitación de Mar está casi a oscuras, iluminada levemente por los números del despertador que tiene en la mesilla. Suena un taladro, una tuneladora, una batidora de vaso, un terremoto, el suelo se ha abierto en dos, el infierno bajo sus pies, el volcán ha despertado, el Santo Grial cayendo por la grieta, se acabó, es el fin.

Ah no, es su móvil, que está vibrando.

– ¿¡Qué pa… qué pasa!? – dice Mar entre jadeos y con el corazón a punto de salírsele, a la vez que enciende la luz y revisa la habitación en busca de su sujetador, su ropa, sus zapatos – ¿¡Qué pasa!? Voy, ya voy, ya voy.
– Nada, no pasa nada ¿Qué tal? Tía, acabo de tener un sueño… lo he visto todo claro. – responde Almudena – Nos vamos. Nos vamos de Madrid. Volvemos a casa y montamos el…
– ¿¡Estás drogada!?¿¡Has visto qué hora…!?
– Pero qué dices loca si es martes, cómo voy a estar… bueno Mar que nos desviamos, que vamos a montar un bar, con música. Con toda la gente que conocemos va a ser… ¡Dios! «El Pajarillo» o «Los Ponys» ¿qué nombre te gusta más? ¿Mar? ¿Mar me oyes bien? yo a ti no, creo que no tienes cobertura ¿Mar me oyes? ¿Mar? ¿Ma-til-de? ¿Tía?

La habitación de Mar vuelve a estar casi a oscuras, iluminada levemente por el despertador de su mesilla. Sigue teniendo el corazón disparado y le está costando volver a dormir. Alguien a su lado, balbucea.

– ¿Quién… coño?
– Tu hermana – responde.
– Puta chalada.
– En fin. Buenas noches.

Al vuelve a marcar pero salta el contestador de su amiga. Aprovecha que aún tiene el teléfono en la mano para grabar su sueño al detalle en una nota de voz. Cuando termina, su cama vuelve a sumergirse hasta el fondo del tanque de petróleo. En la oscuridad sólo se distinguen los dos círculos blancos con un punto negro en el centro en que se han convertido sus ojos. Como en los dibujos animados. Otro sueño que empieza.

♦♦♦

Escrito por Marina Fornet Vivancos. Ilustración de Rocío Mateos

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